Cuanto más proclive a odiar es una mujer, tanto más proclive es a amar.
Ahí donde vemos un moralista rasgándose las vestiduras ante la disolución moral de los otros, se esconde, si no un hipócrita, un espíritu turbado por una libídine enfermiza.
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El verdadero poeta no tenía motivos para dejar huella y testimonio de aquella experiencia intransferible que era la Poesía.
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Al solo contacto con aquellos labios cálidos, todas sus convicciones parecían a punto de desplomarse.
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Consideraba una ofensa a la dignidad el perdón indiscriminado.