Es deleite del infierno hacer mal al hombre y apresurar su ruina eterna.
Aquella conversación me estaba interesando cada vez más. Yo era igual de depravado que los demás jóvenes de mi edad, y el carácter abyecto de mi propósito me importaba un ardite ahora que se habían despertado el amor propio y todas las pasiones que se mez
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Un amor cruel, un amor caprichoso había invadido mi vida. El amor exige sacrificios. Y en los sacrificios corre la sangre.
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El mundo, prosiguió tras una breve pausa, no tiene fe en la conversión de cualquier hombre, nunca se olvidará de lo que era, nunca le creerá que pueda cambiar, son prejuicios implacables y estúpidos.
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Llega con la vejez un momento en el que el corazón ya no es maleable, y sólo conserva la forma en que se enfrió.