Hay un arte de anochecer. De la entrada del cuerpo al alma, de la niebla a la redondez y del círculo al cielo.
Caía sobre mí mismo y amaba mis fracasos. Sentía el placer de ser otro que escribe un poema sin principio ni fin alerta por si viene la muerte y revienta mi pobre y útil reino del cuerpo.
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Una palabra nos encierra. El viento pule en ella. El fuego. El mar también.
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No han llegado palabras sino actos al poema. ¿Cómo hago yo: recojo lenguaje o actos, los combino?
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Comienzo la creación en un instante del poema separo tinieblas. Me creo a mí mismo.