El amor será eternamente el mismo que tengamos al acabarse la vida.
¡Cómo complicamos nosotros la santidad! Y es muy sencilla, nada más que dejarse confiada y amorosamente en los brazos de Dios, queriendo y haciendo a cada momento lo que creemos que Él quiere.
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La santificación se forja, cuando Dios va quitando al alma todo y la deja como en un inmenso desierto.
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La verdad es que el amor del Señor hacia las almas no tiene límites: que no lo tenga tampoco el nuestro.
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¡Qué cosa! Cuando más se busca el cariño de las criaturas, menos se encuentra, y en cuanto se da uno un poco más a Dios se tiene todo.