Asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas, puesto que parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, me aferro a ellas, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la bondad innata del hombre.
¿Debería, en fin llorar todo el día? No, no puede ser. Además, con el tiempo la tristeza se disipa...
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Tuve la suerte de ser arrojada bruscamente a la realidad.