Pareciera, en efecto, que las masas se equivocan y los individuos siempre tienen razón.
De repente, ante los viajeros, apareció una colina. El automóvil la abordó como una tromba. Llovía a cántaros. Los relámpagos enviscaban el cielo con pegajosos resplandores. La colina, creciendo paulatinamente, se convirtió en montaña.
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Toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo.