El criterio de verdad de un enunciado es siempre la amplitud de su capacidad de seducción.
El intelectual, el creador, si verdaderamente lo es, debe tener algo más que capacidad analítica de diagnóstico; debe poseer coraje en relación a flagrantes transgresiones de la libertad o de la justicia.
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El genio convierte la excepción en regla.
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El intelectual, el creador, necesita la libertad como el aire mismo que respira. Si éste falta, si la atmósfera de un país, de una región, de una ciudad se vuelve asfixiante, es de rigor que el creador eleve la voz en forma de protesta o de denuncia.
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El pensamiento tiene que ser duro de cabeza y ligero de pies.