Confiar en todos es insensato; pero no confiar en nadie es neurótica torpeza.
El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo.
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El primer castigo del culpable es que su conciencia lo juzga y no lo absuelve nunca.