Si un hombre es mi amante, lo natural es que pague por los servicios prestados, ¿no cree usted?
En Madrid, jamás llegué a pisar la calle, porque cada vez que aparecía en la puerta del Hotel Ritz, una legión de caballeros arrojaban sus capas al suelo para que caminara sobre ellas, poniendo ante mí una alfombra que nunca se acababa.
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Ese hombre ha sido uno de mis más asiduos y generosos amantes temporales.
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Mis danzas son pura espiritualidad.
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Estando en la India, un maharajá me me invitó a una cacería de tigres, y durante esa cacería, vi cosas que me inspiraron tres nuevas danzas.