Arremetió hacia arriba, animado por el autoaborrecimiento. Y entonces – vieja alquimia del cerebro y de su inmensa farmacópea – el odio fluyó hacia sus manos. Justo antes de enterrar el aguijón del Kuang en la base de la primera torre, alcanzó un nivel de
Era algo tan sencillo, la muerte. Lo descubría ahora: solo sucedía. Te descuidabas un segundo y ahí estaba, algo gélido e incoloro, abalanzándose desde las cuatro esquinas de la habitación.
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Sólo en determinados estados de ánimo, un individuo ... llegaría a conocer los aspectos más dolorosos de la autoconciencia.