A las puertas de la muerte me he recitado poemas, pero no he buscado un interlocutor para entablar una conversación dialéctica.
Freud, el Montaigne de nuestra era, nos recordó que la razón no hablaba en voz alta, pero que no descansaba hasta que se hacía oír.
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A lo que leo y enseño sólo le aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría.
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Comenzar es ser libre y después de Freud nunca estamos libres de Freud.
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Debemos decir de Freud: después de él, sólo hay comentario.