La más noble oración se logra cuando el orante se transforma, allá, en lo más íntimo, en aquello delante de lo cual se arrodilla.
Hombre, si le das a Dios tu corazón, él te da a su vez el suyo: ¡ah, qué ventajoso canje! tú asciendes, él desciende.
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Sé puro, diáfano y firme como un diamante, para que puedas ser valioso a los ojos de Dios.