Me gustan los epitafios; ellos son, entre la gente civilizada, una expresión de aquel piadoso y secreto egoísmo que induce al hombre a arrancar de la muerte un harapo al menos de la sombra que ha pasado.
La vida se me debatía en el pecho, con unos ímpetus de ola marina, se me evadía la consciencia, yo descendía a la inmovilidad física y moral, y el cuerpo se me hacía planta, y piedra, y lodo, y cosa alguna.
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Hace algún tiempo hesité si debería abrir estas memorias por el principio o por el fin, es decir, si pondría en primer lugar mi nacimiento o mi muerte. Suponiendo que el uso vulgar sea empezar por el nacimiento, dos consideraciones me llevaron a adoptar d
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... el amor por la gloria era lo más verdaderamente humano que hay en el hombre, y, consecuentemente, su cara más genuina.
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No tuve hijos, no he transmitido a ninguna criatura el legado de nuestra miseria.