Porque ninguna lágrima rescata nunca el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece.
Lo quiero con la sangre, con el hueso, con el ojo que mira y el aliento, con la frente que inclina el pensamiento, con este corazón caliente y preso, y con el sueño fatalmente obseso de este amor que me copa el sentimiento.
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Llueve, llueve, llueve, y voy, senda adelante, con el alma ligera y la cara radiante, sin sentir, sin soñar, llena de la voluptuosidad de no pensar.
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Me verás reír viéndome sufrir. Y tú llorarás. Y entonces... ¡más mío que nunca serás!
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Amando, se poseen todas las primaveras.