A las puertas de la muerte me he recitado poemas, pero no he buscado un interlocutor para entablar una conversación dialéctica.
Los poetas, al menos los más fuertes entre ellos, ni siquiera leen necesariamente como los críticos más fuertes. Los poetas no son lectores comunes, ni arnoldianos ni johnsonianos. No tienden a pensar, cuando leen: Esto está muerto, esto vivo, en la poesí
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A lo que leo y enseño sólo le aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría.
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Comenzar es ser libre y después de Freud nunca estamos libres de Freud.
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Debemos decir de Freud: después de él, sólo hay comentario.