Hay un arte de anochecer. De la entrada del cuerpo al alma, de la niebla a la redondez y del círculo al cielo.
Me cuesta bajar el poema del aire, allí donde me hundo con el plumaje vertical de las palabras. Rozando el infierno y el invierno el poema es un dios de pies ligeros apaleado por las estrellas.
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Una palabra nos encierra. El viento pule en ella. El fuego. El mar también.
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No han llegado palabras sino actos al poema. ¿Cómo hago yo: recojo lenguaje o actos, los combino?
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Comienzo la creación en un instante del poema separo tinieblas. Me creo a mí mismo.