La más noble oración se logra cuando el orante se transforma, allá, en lo más íntimo, en aquello delante de lo cual se arrodilla.
No me importan mucho mil rayos de sol, si puedo tan sólo ser una estrella en los ojos de Jesús.
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Sé puro, diáfano y firme como un diamante, para que puedas ser valioso a los ojos de Dios.