Me puse a llorar, cerró los ojos y con la nariz sorbí las lágrimas: enterró la cabeza entre mis manos porque ambos teníamos mucha pena que compartir. Me avergoncé de no tomar las cosas tan bien como él.
Sin embargo, el sueño se adaptaba a la vida. Y en el momento mismo de estar soñando, si hubiera podido hacer una elección racional, si el instinto hacia la vida no hubiera sido tan fuerte y arraigado, hubiera elegido la muerte.
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