Cuando una batalla está perdida, solo los que han huido pueden combatir en otra.
Si se ven obligados a actuar en el espíritu de esa dignidad, en el momento en el que vengan a la corte a juzgar las causas públicas, deben recordar que con el báculo y el cargo cada uno de ustedes recibe la confianza del ancestral orgullo de Atenas.
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Las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada.
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No hay nada más fácil que el autoengaño. Ya que lo que desea cada hombre es lo primero que cree.
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Estamos dispuestos a creer aquello que anhelamos.