La más noble oración se logra cuando el orante se transforma, allá, en lo más íntimo, en aquello delante de lo cual se arrodilla.
Si soy el hijo de Dios, quien puede verlo, contempla al hombre en Dios, y a Dios en el hombre.
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Sé puro, diáfano y firme como un diamante, para que puedas ser valioso a los ojos de Dios.