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Venturosa ciudad amurallada, ceñida de milagros, descanso en el recinto de este cuerpo que empieza donde termina el mío.
Rosario Castellanos
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Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca.
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No te acerques a mí, hombre que haces el mundo, déjame, no es preciso que me mates. Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren de algo peor que vergüenza. Yo muero de mirarte y no entender.
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El que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca.
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Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.