Los excelsos regalos de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales hombres, ni ceder a sus fuerzas.
Frases célebres sobre: des. [Página 425]
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Ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde, puede escaparse de su destino.
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Después de los acontecimientos, hasta el necio es sabio.
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Alma, no entornes tu ventana al sol feliz de la mañana. No desesperes, que el sueño más querido es el que más nos hiere, es el que duele más.
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Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
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Los celos son siempre el instrumento certero que destruye la libertad interior y elimina en la compañía toda la felicidad posible.
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No hay enfermedades sino enfermos.
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Tienes más cualidades de lo que tú mismo crees; pero para saber si son de oro bueno las monedas, hay que hacerlas rodar, hacerlas circular. Gasta tu tesoro.
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Amé la justicia y odié la iniquinidad, por eso muero en el destierro.
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Una relación sin querellas es aburrida, y una relación con demasiadas querellas es tóxica. Lo deseable es que la relación tenga un grado óptimo de conflictos.
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En la trasmisión de la cultura humana la gente siempre trata de repetir o replicar, de pasar a la próxima generación las habilidades y valores de los progenitores, pero ese intento falla inevitablemente, porque la trasmisión cultural está conectada con el
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Los procesos de la percepción nos son inaccesibles; sólo tenemos conciencia de los productos de esos procesos, y, desde luego, en esos productos los que necesitamos.
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Aquellos a quienes ni siquiera se les ocurre que es posible estar equivocado no pueden aprender otra cosa que habilidades practicas.
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La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
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Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
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Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas.
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Ojalá que alguno de estos renglones pueda dar a quien lo lea, un reflejo modesto de su angustia, de su esperanza.
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¿Por qué me desprendí de la corriente misteriosa y eterna en la que estaba fundida, para ser siempre la esclava de este cuerpo tenaz e independiente?
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Las horas pasan lentamente como el desfile de un entierro.
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El creerse protegido de Dios corroe y destruye la tensión para el esfuerzo.