Nadie es tan tímido que no prefiera caer una vez a estar siempre en suspenso
Frases célebres sobre: nad. [Página 382]
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La tristeza, aunque esté siempre justificada, muchas veces sólo es pereza. Nada necesita menos esfuerzo que estar triste.
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Nada nos proporciona dignidad tan respetable, ni independencia tan importante como el no gastar más de lo que ganamos
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Nada tan vil como ser altivo con el humilde
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¿Preguntas qué es la libertad? No ser esclavo de nada, de ninguna necesidad, de ningún accidente y conservar la fortuna al alcance de la mano.
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Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía
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Fiarse de todo el mundo y no fiarse de nadie son dos vicios. Pero en el uno se encuentra más virtud, y en el otro, más seguridad
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Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya
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Nadie incurre en delito empujado por el destino
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Nadie puede llevar la máscara durante mucho tiempo
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¿Te has inclinado a veces para tocar la tierra donde el musgo defiende las flores más pequeñas?
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Pensábamos en secretos. Auténticos secretos, e insidiosos. Tantos que eran incontables. Cuando ahora trato de dilucidar quién sabía qué y quién no sabía nada, quién lo sabía todo y quién era un farsante, tengo que parar y desistir, porque la cabeza me da
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Mi nombre, en aquel entonces, era Susan Trinder. La gente me llamaba Sue. Sé en qué año nací, pero durante muchos años no supe la fecha, y celebraba mi cumpleaños en Navidad. Creo que soy huérfana. Sé que mi madre ha muerto. Pero nunca la vi, no era nadie
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Los que saben mucho se admiran de pocas cosas, y los que no saben nada se admiran de todo
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Quien pretende llegar a un sitio determinado emprenda un solo camino y déjese de tantear muchos a un tiempo pues esto último no es caminar sino vagar
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Nada nos enreda en mayores males que el atenernos a los rumores, en la creencia de que lo mejor es lo aceptado por consentimiento de muchos, y el seguir los ejemplos más numerosos, rigiéndonos, no por la razón, sino por la imitación de los demás.
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En el pecho del sabio, aun sanada la herida, queda señal.
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Quien no tiene que esperar, de nada debe desesperarse.
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La cena era picadillo de cordero y pan con mantequilla; como podrán imaginar, con el hambre que tenía enseguida di buena cuenta del refrigerio. Mientras comía, se oyeron las lentas campanadas del reloj que yo había oído antes, dando las nueve y media.
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El mundo lo llama placer. Mi tío lo colecciona -lo mantiene limpio y ordenado, en estantes protegidos, pero lo conserva de un modo extraño no para su propio deleite, no, eso nunca; más bien, porque proporciona combustible para la satisfacción de una curio