Solemos perdonar a los que nos aburren, pero no perdonamos a los que aburrimos.
Frases célebres sobre: per. [Página 567]
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Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos; si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen.
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Lo que nos hace amar las nuevas amistades, más que la fatiga que nos producen las viejas o el placer de cambiar, es el fastidio de no ser admirados por los que ya nos conocen mucho, y la esperanza de serlo más por los que nos conocen menos.
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Casi todos nuestros errores son más perdonables que los métodos que discurrimos para ocultarlos.
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La esperanza y el temor son inseparables y no hay temor sin esperanza, ni esperanza sin temor.
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La esperanza, no obstante sus engaños, nos sirve al menos para llevarnos al fin de la existencia por un camino agradable.
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No solemos considerar como personas de buen sentido sino a los que participan de nuestras opiniones.
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Se encuentran medios para sanar la locura, pero no se encuentran para enderezar una mente retorcida.
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A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales; pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir.
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El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de personajes, incluso el del desinteresado.
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Los celos son el mayor de los males, y el que menos mueve a compasión a la persona que los causa.
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Perdonamos cuanto amamos.
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Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del talante y de las pasiones. Así, la guerra de augusto con antonio, que se atribuye a la ambición de ambos
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Se necesitan virtudes más grandes para soportar la prosperidad que la suerte adversa.
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La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.
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Hay muchos remedios que curan el amor; pero ninguno infalible.
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Perdonamos fácilmente a nuestros amigos los defectos en que nada nos afectan.
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No se desprecia a todos los que tienen vicios, pero sí a los que no tienen ninguna virtud.
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Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores.
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Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas.