El vulgo defensor de su propio mal, se levanta contra la razón.
Frases célebres sobre: propi. [Página 113]
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Nadie puede considerarse libre si es esclavo de su propia carne.
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Quien teme la muerte, nunca hará nada propio de un hombre vivo
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La causa más frecuente de la timidez es una opinión excesiva de nuestra propia importancia
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La mayoría de los hombres siente un poderoso y activo prejuicio en favor de su propia vocación
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Tenemos los vicios ajenos delante de los ojos y los propios a la espalda.
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¡Oh sueño de felicidad! ¿Es esto en verdad La torre del faro que veo? ¿Es ésta la colina? ¿Es ésta la iglesia? ¿Es éste mi propio país, el mío?
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No es el mayor esclavo aquel que está dominado por un tirano, por grande que sea ese mal, sino aquel que sirve de juguete a su propia ignorancia, al egoísmo y al vicio.
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Es raro que haya tan pocos lectores en este mundo, pero tantas lecturas. La gente en general no lee por propia voluntad si son capaces de encontrar cualquier otra cosa que los entretenga.
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Nadie conoce su propia fuerza mientras no se ha encontrado con la necesidad.
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Las mortificaciones que no van condimentadas con la salsa de nuestra propia voluntad son las mejores y las más excelentes, como las que nos tropezamos por la calle, sin pensar en ellas ni buscarlas, y las de cada día, aunque sean pequeñas
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Nadie muere sino en su propio día.
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La primera víctima de la destemplaza es la propia libertad.
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Rebuscar los defectos ajenos es signo de no ocuparse de los propios
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El amor propio es más arrogante que ciego: no nos oculta nuestros defectos, nos convence de que escapan a los ojos de los demás
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Al Padre de todas las cosas no se le puede imponer nombre alguno, pues es inengendrado. Porque todo ser al que se impone un nombre, presupone otro más antiguo que él que se lo imponga. Los nombres de Padre, Dios. Creador, Señor, Dueño, no son propiamente
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La primera víctima de la destemplanza es la propia libertad.
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Ese ser prodigioso que se debatía sonriente en medio de su propio aniquilamiento como en un océano de goce, como en un orgasmo interminable.
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Hoy no lució la estrella de tus ojos. Náufrago de mí mismo, húmedo del brazo de las ondas, llego a la arena de tu cuerpo en que mi propia voz nombra mi nombre, en que todo es dorado y azul como un día nuevo y como las espigas herméticas, perfectas y calla
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No hay nada que a la vez afecta a un hombre tanto y tan poco como su propia muerte.