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Frases célebres sobre: pue. [Página 464]
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Uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija un corazón maligno y envidioso.
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Tienes razón -dijo el monstruo-, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que una bestia. -No se es una bestia -respondió la Bella- cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo.
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-El hada me engañó, -decía - yo creía que mi hijo sería el más listo de todos los príncipes, puesto que yo deseé que triunfara en todo cuanto quisiera emprender. Fue a consultar al hada al respecto, y ésta le dijo: -Señora, deberías haber deseado para tu
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Pueblos libres, recordad esta máxima: Podemos adquirir la libertad, pero nunca se recupera una vez que se pierde.
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Siempre he creído que lo bueno no era sino lo bello puesto en acción.
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La libertad no es fruto que crezca en todos los climas, y por ello no está al alcance de todos los pueblos.
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Aún no ha nacido la persona que pueda amarme como yo amo
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La verdad no lleva a la fortuna, ni el pueblo da embajadas, cátedras ni pensiones
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Hay mucha diferencia entre viajar para ver países y para ver pueblos.
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Ninguno puede ser feliz si no se aprecia a sí mismo
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La democracia perfecta sólo puede existir en una sociedad de ángeles
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El derecho de voto es un derecho que nada ni nadie puede quitar a los ciudadanos
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La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse.
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La belleza se compone de un elemento eterno, invariable de cantidad sea extremadamente difícil de determinar, y de un elemento relativo que puede estar relacionado con un período, un estilo, pasión.
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Nadie puede ser feliz si no se aprecia a sí mismo.
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La experiencia demuestra que el hombre no puede ser virtuoso sin la religión.
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Incluso el pasado puede modificarse
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¿Llegamos a disipar o a disminuir nuestra angustia? Lo cierto es que no podríamos suprimirla puesto que nosotros mismos somos angustia
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No votaba, apenas pagaba algunos impuestos; no podía engreírme ni de los derechos del contribuyente, ni de los del elector, ni siquiera del humilde derecho a la honorabilidad que veinte años de obediencia confieren al empleado. Mi existencia comenzaba a a