Por muchos descubrimientos que hayamos hecho en el país del amor propio, siempre quedarán muchas tierras desconocidas.
Frases célebres sobre: ras. [Página 222]
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Con frecuencia el hombre cree estar conduciéndose a sí mismo cuando es conducido, y mientras con su mente tiende a una meta, su corazón le arrastra insensiblemente hacia otra.
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La duración de nuestras pasiones es tan independiente de nosotros, como la duración de la propia vida.
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En cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece, mientras que la envidia es un furor que no puede tolerar el bien de los demás.
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El mal que hacemos no nos atrae tanta persecución y tanto odio como nuestras buenas cualidades.
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El daño que hacemos no nos trae tantas persecuciones y odios como nuestras buenas cualidades.
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Las horas son largas y la vida es corta
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Cuantas más cosas digas, menos se acuerda la gente. A menos palabras, mayor provecho.
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Es posible encontrar mujeres que no hayan tenido nunca aventuras; pero es muy raro encontrar que no hayan tenido más de una.
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Hay personas tan ligeras y tan frívolas, que son tan incapaces de tener verdaderos defectos como sólidas cualidades.
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No solemos considerar como personas de buen sentido sino a los que participan de nuestras opiniones.
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No había huellas de pasos en el día en que por acaso lo descubrí: piedras y malezas iban cubriendo todo. El camino agonizaba, moría solito...Yo vi...¡Porque son los pasos los que hacen los caminos!
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El orgullo interviene más aún que la bondad en nuestras represiones a quienes han cometido algún yerro, y les reprendemos más que para corregirles, para convencerles de que estamos exentos de él.
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La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.
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Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores.
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Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas.
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Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, hubiera querido darnos también el orgullo para evitarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones.
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Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; a menudo somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.
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Nuestro amor propio sufre con mayor impaciencia la condenación de nuestras aficiones que la de nuestras pasiones.
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A menudo nos avergonzaríamos de nuestras más bellas acciones si el mundo viera los motivos que las producen.