Ningún crimen es vulgar, pero toda vulgaridad es un crimen. La vulgaridad es la conducta de los demás.
Frases célebres sobre: rid. [Página 97]
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Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, y abominablemente presumidos cuando no lo son.
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La buena gente hace un daño enorme. Y por supuesto, el peor daño es conceder tanta importancia a la maldad. Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es encantadora o aburrida.
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No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea.
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Cuando una mujer vuelve a casarse es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre vuelve a casarse es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban suerte, los hombres arriesgan la suya
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Nuestro ideario no ha sufrido claudicaciones ni enmiendas, pues no somos de aquellos que por conseguir las veleidades del éxito momentáneo, reniegan de sus principios y mudan de piel con cada cambio de estación.
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En los asuntos triviales, el estilo y no la sinceridad es lo esencial. En los importantes, también el estilo es lo esencial.
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En Francia todo burgués quiere ser artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser burgués. En eso consiste la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra.
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En asuntos de vital importancia, lo vital es el estilo, no la sinceridad.
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Siempre hay algo ridiculo en las emociones de la gente que uno ha dejado de amar.
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Un poco de sinceridad es cosa peligrosa; una sinceridad absoluta puede ser fatal.
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Un poco de sinceridad es algo peligroso; demasiada sinceridad, es absolutamente fatal.
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Un marido es una especie de pagaré: la mujer se cansa de atenderlo.
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Las mujeres feas son celosas de sus maridos. Las bonitas no tienen tiempo, ¡están siempre tan ocupadas en estar celosas de los maridos de las demás...!
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Se puede reconocer siempre a las mujeres que tienen confianza en sus maridos: ¡parecen tan profundamente desdichadas!
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El público utiliza los clásicos de un país como un medio de contrarrestar el progreso del arte. Rebajan las obras clásicas a las categorías de autoridades. Las emplean a manera de garrotes para impedir la libre expresión de la belleza en nuevas formas.
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La muerte y la vulgaridad son los únicos dos hechos que en el siglo XIX no han podido ser explicados satisfactoriamente.
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En todos los asuntos de importancia, es el estilo, no la sinceridad, lo verdaderamente esencial.
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Si una mujer se vuelve a casar al quedarse viuda, odiaba a su primer marido; si un hombre se casa por segunda vez, adoraba a su primera esposa.
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Un poco de sinceridad es cosa peligrosa; mucha sinceridad es absolutamente fatal