Quisiera abandonarte, negarte, huirte, pero es curioso: ya no estás, y te siento, no me hablas, y te converso. Y tanto nos entendemos, en la sombra, en el polvo, en el sueño.
Frases célebres de Carlos Drummond de Andrade.
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Algunas hojas del almendro expiran en degradado rojo. Otras apenas están naciendo, verde pulido donde la luz estalla. El tronco es el mismo y todas las hojas son la misma antigua hoja brotando de su fin mientras que vorazmente la vida, sin contraste, me d
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Mi vida, nuestras vidas, forman un solo diamante.
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Los muertos pasan rápidos, no se puede tocarlos. Apenas uno se despide, otro llama tu atención.
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Boca de otro, que ríes de mí, en el milímetro que nos separa, caben todos los abismos.
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El primer amor pasó. El segundo amor pasó. El tercer amor pasó. Pero el corazón continúa.
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¡Rápido, que el amor no puede esperar!
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Estos poemas son míos. Es mi tierra y es aún más que ella. Es cualquier hombre al mediodía en cualquier plaza.
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Del modo más natural dos cariños se buscan.
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Stop. ¿La vida se detuvo o fue el automóvil?
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El presente es tan grande, no nos apartemos. No nos apartemos mucho, vamos de manos juntas.
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El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los hombres presentes, la vida presente.
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No es la felicitación de los devotos ni la de los partidarios la que te ofrezco, ellos no existen, sino la de los hombres comunes, en una ciudad común.
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Viste los diferentes colores de los hombres, los diferentes dolores de los hombres, sabes qué difícil es sufrir todo eso, amontonar todo eso en un solo pecho de hombre... sin que estalle.
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Acércate y contempla las palabras. Cada una tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro y te pregunta, sin interés por la respuesta, pobre o terrible, que le dieras: ¿Trajiste la llave?
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El diente muerde la fruta envenenada, la fruta muerde el diente envenenado, el veneno muerde la fruta y muerde el diente mordiéndose, el diente, ya descubre la deliciosísima pulpa de la nada.
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Por la calle pasa un obrero. ¡Qué firme va! No tiene blusa. En el cuento, en el drama, en el discurso político, el dolor del obrero está en su blusa azul, de paño grueso, en las manos gruesas, en los pies enormes, en los desconsuelos enormes.
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No, mi corazón no es mayor que el mundo. Es mucho menor. En él no caben ni mis dolores. Por eso me gusta contarme. Por eso me desnudo, por eso me grito, por eso frecuento los periódicos, me expongo crudamente en las librerías: necesito de todos.
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De Itabira traje prendas diversas que ahora te ofrezco: este San Benito del viejo santero Alfredo Duval; esta piedra de hierro, futuro acero del Brasil; este cuero de anta, extendido en el sofá de la sala de visitas; este orgullo, esta cabeza baja...
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Poder de la voz humana inventando nuevos vocablos y dando soplo a los exhaustos. Dignidad de la boca, abierta en ira justa y amor profundo, crispación del ser humano, árbol irritado, contra la miseria y la furia de los dictadores, oh Carlitos, amigo mío y