Convencer a la nube del riesgo de la altura y de la aurora, que no es el agua baja la que sube sino la plenitud de cada hora.
Frases célebres de Carlos Pellicer Cámara. [Página 2]
Carlos Pellicer Cámara fue un escritor, poeta, museólogo y político mexicano.
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Gracias por los cielos de indiferencia y tierras de amargura que tanto y mucho fueron. Gracias por las desesperaciones, soledades.
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¿Qué harás? ¿En qué momento tus ojos pensarán en mis caricias? ¿Y frente a cuales cosas, de repente, dejarás, en silencio, una sonrisa?
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En una de esas tardes sin más pintura que la de mis ojos, te desnudé y el viaje de mis manos y mis labios llenó todo tu cuerpo de rocío.
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Invitar al paisaje a que venga a mi mano, invitarlo a dudar de sí mismo, darle a beber el sueño del abismo en la mano espiral del cielo humano.
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Mi voz se queda sola entre la noche para decirte, oh madre, sin decirlo, cómo mi corazón disminuirá su toque cuando tu sueño sea menos tuyo y más mío.
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Ésta es la parte del mundo en que el piso se sigue construyendo. Los que allí nacimos tenemos una idea propia de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.
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Estar árbol a veces, es quedarse mirando sin dejar de crecer el agua humanidad y llenarse de pájaros para poder, cantando, reflejar en las ondas quietud y soledad.
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El aire es siempre exacto en su tiempo tonal; sabe escultura porque un pintor en tan vastos andamios puede fraguar los delirantes cadmios y acompasar geométricas figuras.
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Tu amor es el erario inagotable que costea el país de los poemas.
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Porque la realidad es cosa mía, es decir, lo que usted nunca verá.
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La hoz afilada tan fina segaba lo mismo la espiga que el último sol de la tarde.
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Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí, toda el agua que va rumbo a tus cántaros...
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Este mirar urgente y esta voz en sonrisa para un joven que sabe morir por cada sueño.
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Ser flor es ser un poco de colores con brisa; la vida de una flor cabe en una sonrisa.
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Yo solamente soy el vivo espejo de tus sentidos. La fidelidad en la garganta del volcán.
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Quiero que nadie sepa que estoy enamorado. De esto entienden y escuchan solamente las flores.
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Meciéndose en los álamos el viento te descuentan la dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.
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El sembrador sembró la aurora; su brazo abarcaba el mar. En su mirada las montañas podían entrar.
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Su paso era bello: ni corto ni largo. En sus ojos cabían los montes y todo el paisaje en sus brazos.