Un discípulo preguntó a Confucio:
Frases célebres de Confucio. [Página 8]
Confucio (tradicionalmente 28 de septiembre de 551 a. C. - 479 a
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Un erudito que no sea serio no inspirará respeto, y su sabiduría, por lo tanto, carecerá de estabilidad.
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Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso.
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Un hombre no trata de verse en el agua que corre, sino en el agua tranquila, porque solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a otros.
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Un hombre que tiene un alma hermosa tiene siempre cosas hermosas que decir; pero un hombre que dice cosas hermosas no tiene necesariamente el alma hermosa.
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Un hombre sin virtud no puede morar mucho tiempo en la adversidad, ni tampoco en la felicidad; pero un hombre virtuoso descansa en la virtud, y el hombre sabio la ambiciona.
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Un pueblo gobernado despóticamente y en el que se mantiene el orden por medio de castigos, puede evitar la infracción de la ley, pero perderá su sentido moral.
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Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente, hijo obediente, hermano complaciente.
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Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, ¿cómo sabrá gobernar a los demás?
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Una voz fuerte no puede competir con una voz clara, aunque ésta sea un simple murmullo
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Ver una injusticia y no hacer nada es no tener valor.
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Yo no procuro el conocer de las preguntas; procuro conocer las respuestas.
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Yo sé por qué no se sigue el justo medio: el hombre inteligente va más allá, el imbécil se queda más acá.
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El enseñar a los niños a querer a sus padres y hermanos y a ser respetuosos con sus superiores, hecha los cimientos de correctas actitudes mentales y morales para llegar a ser buenos ciudadanos.
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Escoge un trabajo que te guste, y nunca tendrás que trabajar ni un sólo día de tu vida.
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Cuando tenía quince años, estaba empeñado en aprender; a los treinta, contaba con una base firme; a los cuarenta, ya no tenía dudas de nada; a los cincuenta, conocía la ley del cielo; a los sesenta, tenía los oídos bien abiertos; a los setenta, era capaz
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Los defectos y faltas de los hombres dan a conocer su verdadera valía. Si examinamos con atención las faltas de un hombre, llegaremos a conocer si su bondad es sincera o fingida.
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Un pueblo sólo puede ser guiado por costumbres, no por saber.
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Las penas y privaciones agudizan la inteligencia y fortalecen la prudencia.
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Cuando uno examina su propia interioridad y comprueba que no hay en ella nada malo, ¿por qué habría de ser triste, qué tiene que temer?