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¿A qué llorar por el caído fruto, por el fracaso de ese deseo hondo?
Ángel Gonzalez
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Y sonrío y me callo porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas las palabras.
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Cuando tengas dinero regálame un anillo, cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca, cuando no sepas qué hacer vente conmigo, pero luego no digas que no sabes lo que haces.
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Cierro los ojos para ver y siento que me apuñalan fría, justamente, con ese hierro viejo: la memoria.
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Allí, en la esquina más negra del desamparo, donde el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras, los recuerdos me asaltan.