Sin conocimiento de uno mismo no hay conocimiento de Dios.
Cada uno de nosotros es, incluso desde el vientre de nuestra madre, un maestro artesano de ídolos.
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Hay que recordar que el diablo tiene sus milagros, también.
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La mente del hombre es como una tienda de idolatrías y supersticiones.
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La tortura de una mala conciencia es el infierno de un alma viviente.