Bienaventurados los que no tienen nada que decir, y que resisten la tentación de decirlo.
Cualquier persona entiende instintivamente que todos los más bellos sentimientos del mundo pesan menos que un simple acto de amor.
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¡Cuánta confianza nos inspira un libro viejo del cual el tiempo nos ha hecho ya la crítica!
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La democracia otorga a cada uno de los hombres el derecho a ser el opresor de sí mismo.
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En general, quienes no tienen nada que decir invierten el mayor tiempo posible en no decir nada.