A los hombres fuertes les pasa lo que a los barriletes; se elevan cuando es mayor el viento que se opone a su ascenso.
El idealista perfecto sería romántico a los veinte años y estoico a los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura.
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Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía.
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Amar es sufrir amablemente; es gozar de una ansiedad perenne, de un sobresalto siempre renovado.
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El ambicioso quiere ascender, hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás.