Ahora es la hora de mi turno el turno del ofendido por años silencioso a pesar de los gritos.
Entre las piedras y el fuego, frente a la tempestad o en medio de la sequía, por sobre las banderas del odio necesario y el hermosísimo empuje de la cólera, la flor de mi poesía busca siempre el aire, el humus, la savia, el sol, de la ternura.
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Poesía, perdóname por haberte hecho comprender que no estás hecha sólo de palabras.
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La vida paga sus cuentas con tu sangre y tu sigues creyendo que eres un ruiseñor Cógele el cuello de una vez, desnúdala, túmbala y haz de ella tu pelea de fuego, rellénale la tripa majestuosa, préñala, ponla a parir cien años por el corazón. Pero con lind
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Después de la bomba atómica, polvo serán, más... ¿polvo enamorado?