Tu capacidad de conocer la felicidad depende de tu capacidad para conocer el dolor
Era el dios humano de mi infancia, mi padre, tal como mi infancia lo vio, pues veinte años hacía que nuestra familia había asistido a su muerte; nada más cierto para mí que su muerte, nada más cierto que estaba frente a mí.
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Estudio mucho a la mujer desde años atrás y cada día desespero más de sentir alguna vez como ella siente, de sentir siquiera por un instante una de esas emociones de gracia con respecto a sí mismas o al vivir de otros o de desesperación absoluta, que el h
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Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla.
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¡Oh, pasión nunca humilde, siempre cierta!