A ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
La entrega es el primer paso de una carrera de sacrificio, de alegría, de amor, de unión con Dios. Y así, toda la vida se llena de una bendita locura, que hace encontrar felicidad donde la lógica humana no ve más que negación, padecimiento, dolor.
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A Jesús siempre se va y se vuelve por María.
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Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo.
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Bendito sea el dolor. Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!