A ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
No concibo que pueda haber obediencia verdaderamente cristiana, si esa obediencia no es voluntaria y responsable. Los hijos de Dios no son piedras o cadáveres: son seres inteligentes y libres, y elevados todos al orden sobrenatural, como la persona que ma
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Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo.
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Bendito sea el dolor. Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!