A ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.
Si eres sensato, humilde, habrás observado que nunca se acaba de aprender...Sucede lo mismo en la vida; aun los más doctos tienen algo que aprender, hasta el fin de su vida; si no, dejan de ser doctos.
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Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo.
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Bendito sea el dolor. Amado sea el dolor. Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!