Aquel que tiene gran poder debe usarlo livianamente.
Frases célebres sobre: aquel. [Página 106]
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El vino tórnase bueno cuando resultaba nuevo, duro y áspero, pero se sostiene aquel vino que ya en el lagar era agradable.
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El tiempo ha puesto muchas veces remedio a aquello que no ha podido ponérselo la razón
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Aquel a quien el crimen es beneficioso es el que lo ha cometido.
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Verdaderamente es venerable aquella ancianidad que no por las canas, sino por los méritos, blanquea.
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No mantengas amistad alguna más que con aquellos que puedan compartir contigo cosas virtuosas; cuanto más excelsas sean las virtudes que cultivéis más perfecta será vuestra amistad
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Nuestro ánimo se inclina a confiar en aquellos a quienes no conocemos por esta razón: porque todavía no nos han engañado
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Desgraciado todo aquel que se angustia por el porvenir.
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Los vicios que se manifiestan son los más ligeros: los peligrosos son aquellos que se esconden bajo la virtud.
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Aquellos que tienen más quehacer y están dispuestos a trabajar, son los que disponen de más tiempo.
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No es el mayor esclavo aquel que está dominado por un tirano, por grande que sea ese mal, sino aquel que sirve de juguete a su propia ignorancia, al egoísmo y al vicio.
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Casi todo lo absurdo de nuestra conducta es resultado de imitar a aquellos a los que no podemos parecernos.
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Desventurado aquel que se inquieta siempre por el porvenir
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Aquel que decide un caso sin escuchar la declaración del otro, aunque la decisión sea justa, no puede considerarse justo.
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Quien más disfruta de sus riquezas es aquel que menos necesita de ellas.
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Aquel que espera una gran acción de bondad al menos una vez, nunca hará nada. La vida está hecha de pequeñas cosas. La verdadera grandeza consiste en ser grandioso en las pequeñas cosas.
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Los desgraciados creen con facilidad que es o será cierto aquello, que ellos desean que ocurra.
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A nadie es lícito participar de la Eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.
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Y aquel arrojarme a la tierra, aquel gritar alto el nombre en el silencio, era dulzura de sentirme vivo.
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Hubieras temido ver tu cuerpo sangrante en el éxtasis de aquella ceremonia, el proferimiento de cuyo nombre tan sólo hubiera bastado para hacerte morir de un goce irresistible, de un goce que hubiera trascendido todas las posibilidades de tu cuerpo y que