Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo.
Frases célebres sobre: dad. [Página 547]
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Su orgullo nunca excede de la vanidad de los imbéciles.
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Es un gran signo de mediocridad dijo Leibniz elogiar siempre moderadamente.
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Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan.
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Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser cálido su idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin calor es muerto, frío, carece de estilo, no tiene firma.
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Para crear una partícula de Verdad, de Virtud o de Belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo.
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El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad; sino por impotencia.
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Las ilusiones tienen tanto valor para dirigir la conducta, como las verdades más exactas.
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Los hombres que no son mediocres nunca se obstinan en el error, ni traicionan a la verdad.
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Su personalidad es todo brillo y arista: Firmeza y luz, como cristal de roca, breves palabras que sintetizan su definición perfecta.
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La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica.
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La mediocridad podrá definirse como una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad.
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La imaginación es madre de toda originalidad.
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La burocracia es una convergencia de voracidades en acecho.
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En la historia de su sociedad solo vive el que deja rastros en las cosas o en los espíritus.
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Los temperamentos acomodaticios saben que la vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión.
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La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad.
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El tiempo descubre a los que tienen la moral en piezas, para mostrarla, aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.
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La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte.
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La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo.