Estaría dispuesto a ejercer cualquier oficio si con él pudiera obtener grandes riquezas por medios honrados; si por el contrario, para enriquecerse debiera emplear medios deshonestos, preferiría seguir en la pobreza dedicándome a mis actividades favoritas
Frases célebres sobre: die. [Página 106]
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Sed rígidos con vosotros mismos, pero condescendientes con los demás. De este modo os veréis libres de toda envidia y resentimiento.
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Si no se aprende, la sinceridad se trueca en grosería; la valentía, en desobediencia; la constancia, en caprichoso empecinamiento; la humanidad, en estupidez; la sabiduría, en confusión; la veracidad, en ruina.
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La mayoría de los pecadores pasan su vida ofendiendo a Dios y confesándose.
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Si el príncipe es justo, nadie será injusto; si el príncipe es bondadoso, nadie será cruel.
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Quizás otros acierten de entrada; lo que es yo, no acierto sino después de diez tentativas. Quizás otros acierten después de diez tentativas; yo, después de mil.
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Nadie debe comer sin habérselo ganado.
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No veo ningún rey sabio. Nadie puede escucharme. Tengo que morir.
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No se debe desear mandar ni obedecer; porque suele convertirse el mando en tiranía y la obediencia en tedio
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Nadie debe obedecer a aquel que no merece mandar
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El hombre superior no discute ni se pelea con nadie. Sólo discute cuando es preciso aclarar alguna cosa, pero aún entonces cede el primer lugar a su antagonista vencido y sube con él a la sala; terminada la discusión, bebe con su contrincante en señal de
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A pesar de que ya soy mayor, sigo aprendiendo de mis discípulos.
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Es una necedad arrancarse los cabellos en los momentos de aflicción, como si ésta pudiera ser aliviada por la calvicie.
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Sin la esperanza de la inmortalidad, nadie afrontaría la muerte por su patria.
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¿Quién habrá inventado la silla? Alguien con amor a sí mismo. Inventó, entonces, una mayor comodidad para su cuerpo. Después los siglos se sucedieron y nadie más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es casi automático.
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Cuando de noche él me llame, atrayéndome al infierno, iré. Desciendo como un gato por los tejados. Nadie sabe, nadie ve.
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¿Donde estuviste de noche? Nadie lo sabe. No intentes responder, por amor de Dios. No quiero saber la respuesta. Adiós.
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Y estaban los dientes, también: casi se podían contar millares de dientes dentro de la raya de la boca, y cada pedacito menor que el otro, y más blanco.
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Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar.
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Nadie que confía en sí, envidia la virtud del otro.