Yo daría una estrella por volver a tenerte y por una mirada, un pedazo del mar, y por una caricia este cielo completo y no se qué daría si me fueras a amar.
Frases célebres sobre: estr. [Página 264]
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Como tú ves, ningún otro bien tenemos nosotros salvo las armas y el valor. Creemos, ciertamente, que si tenemos armas, también podremos disponer del valor; en cambio, si las entregáramos, seríamos despojados además de nuestras vidas. Por tanto, no creas q
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Quiero inclinarme en las noches cuando son muchos los que aman la tierra y verás una estrellas es la vida.
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Estirar la mano hasta llegar a las estrellas, con demasiada frecuencia, hace olvidar las flores en sus pies.
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Los pueblos serán felices y dichosos si la benevolencia y el verdadero afecto estrechan sus corazones.
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Jamás resuene en nuestros oídos la terrible palabra enemistad.
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No pierdan de vista las profesoras que el principal libro debe ser la propia maestra.
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Pero sobre todo el cariño de las maestras empleado a su tiempo con sus niñas sacará un gran partido de éstas.
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Siendo Dios el móvil supremo de nuestras acciones, practicamos el bien sin coacción de ninguna especie. Lejos de eso, si mandamos, lo hacemos por amor a la justicia, y si nos toca obedecer, obedecemos por amor a la autoridad. En uno y otro caso el respeto
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Para que los pueblos sean felices y dichosos, no basta que el interés material ponga en contacto a los unos con los otros; es necesario además que la benevolencia y el verdadero afecto estreche sus corazones.
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El amor de Dios reine en nuestros corazones.
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Un buen padre vale por cien maestros.
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La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.
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Las cosas que nos parecen desgracias son con frecuencia el origen de nuestra felicidad.
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Nuestras controversias parecerán tan raras a las edades futuras, como las del pasado nos han parecido a nosotros.
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Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de Hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad.
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La infancia tiene sus maneras peculiares de ver, pensar y sentir, y nada hay tan fuera de razón como pretender sustituir esas maneras por las propias nuestras.
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Cuán mezquinas y cuán menospreciables son las palabras de nuestros filósofos con todas sus contradicciones, comparadas con las Escrituras. ¿Es posible que un libro a la vez tan sencillo y tan sublime sea simple palabra de humanos?
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Para que un espectáculo merezca nuestra aprobación es preciso que se amolde a nuestras inclinaciones en vez de contrariarlas, que es lo que convendría.
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La experiencia demuestra que el hombre no puede ser virtuoso sin la religión.