Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir.
Frases célebres sobre: nen. [Página 73]
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La abstinencia es buena tanto para la cabeza como para el bolsillo.
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No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
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Existen en nosotros varias memorias. El cuerpo y el espíritu tienen cada uno la suya.
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El tiempo es el único capital de las personas que no tienen más que su inteligencia por fortuna.
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La policía y los jesuitas tienen la virtud de no abandonar jamás ni a sus enemigos ni a sus amigos
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Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos -la felicidad de todos- es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.
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Coaticitos: hay una sola cosa a la cual deben tener gran miedo. Son los perros. Yo peleé una vez con ellos, y sé lo que les digo; por eso tengo un diente roto. Detrás de los perros vienen siempre los hombres con un gran ruido, que mata. Cuando oigan cerca
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El encono de ciertas mujeres contra las que tienen la desgracia de amar es una prueba del daño que hace, interiormente, la castidad.
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Los que no tienen hijos ignoran muchos placeres, pero también se evitan muchos dolores.
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Los padres, para ser felices, tienen que dar. Dar siempre, esto es lo que hace un padre
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Todo poder es una conspiración permanente.
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La gloria es un veneno que hay que tomar en pequeñas dosis.
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Quizás el sufrimiento y el amor tienen una capacidad de redención que los hombres han olvidado o, al menos, descuidado.
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Los edificios monumentales no tienen otra sujeción que el sentimiento que los inspira y la simpatía que procuran despertar.
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Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones.
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Nunca, ni siquiera ante un ruego, administraré algún veneno letal como tampoco daré consejo para eso; nunca daré a mujer alguna supositorio para que aborte. del El juramento de Hipócrates en la obra La historia del aborto por Robert Jütte, pp 33, según la
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Hay quien dice que las cosas y los lugares tienen alma, y hay quien dice que no; por mi parte, no me atrevo a pronunciarme, pero quiero hablar de la Calle.
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Los viejos tienen menos enfermedades que los jóvenes, pero las que tienen no les abandonan nunca.
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No daré veneno a nadie aunque me lo pida, ni le sugeriré tal posibilidad.