Si juzgamos el amor por la mayor parte de sus defectos, se parece más al odio que a la amistad.
Frases célebres sobre: par. [Página 543]
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Si juzgamos el amor por la mayor parte de sus efectos, se parece más al odio que a la amistad.
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Todos tenemos fortaleza suficiente para soportar los males ajenos.
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Aquellos a quienes se condena al suplicio manifiestan a veces una fortaleza y un desprecio a la muerte que en realidad no es más que el temor a mirarla cara a cara; de modo que puede decirse que esa fortaleza y ese desprecio son para su ánimo lo que la ve
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Pocos son los que conocen la muerte; es algo que no suele aceptarse por decisión propia, sino por estolidez y por costumbre, y la mayoría de los hombres mueren porque no hay remedio para la muerte.
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Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, hubiera querido darnos también el orgullo para evitarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones.
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Por mucho que nos esforcemos por cubrir las pasiones con apariencias de piedad y de honor, siempre se manifiestan a través de esos velos.
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No sólo los hombres tienden a perder el recuerdo de los beneficios y de las injurias, sino que incluso odian a sus benefactores y dejan de odiar a quien los ofendió. La perseverancia en recompensar el bien y vengarse del mal les parece una servidumbre dem
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La clemencia de los príncipes a menudo no es más que política para ganarse el afecto de los pueblos.
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Mayores virtudes se precisan para sostener la buena fortuna que la mala.
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Los pleitos no durarían tanto tiempo si el error estuviera sólo en una parte.
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Los ancianos gustan de darnos buenos preceptos para consolarse de no poder darnos malos ejemplos.
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Para conocer una cosa hay que conocer bien sus detalles.
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Generalmente no se alaba sino para ser alabado.
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En la mayor parte de los hombres el amor a la justicia no es más que el dolor de sufrir la injusticia.
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Se ha hecho una virtud de la moderación para limitar la ambición de los grandes hombres y consolar a los mediocres de su poca suerte y escaso mérito.
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La mayoría de las mujeres no lloran tanto la muerte de sus amantes por haberlos querido como por parecer más dignas de ser amadas.
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No tenemos bastante fuerza para seguir todas las indicaciones de nuestra razón.
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A todos nos sobran fuerzas para soportar los males ajenos.
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Se ha escrito ya todo cuanto es posible para persuadirnos de que la muerte no es un mal. Sin embargo, yo dudo que nadie de buen sentido lo haya creído.