La literatura. A lo que no tenga encanto y cierta serenidad no podremos llamarlo literatura. Incluso en la crítica debe hallarse alguna amenidad; si falta por completo, entonces ya no es literatura. En los periódicos encontramos todo el tiempo esta repele
Frases célebres sobre: tra. [Página 491]
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Hay dos maneras de ser sublimes: a través de las ideas o a través de los sentimientos. En el segundo caso, poseemos palabras de fuego que penetran y que arrastran. En el primero, sólo poseemos palabras de luz que calientan poco, pero que cautivan. La extr
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Cuando las palabras no enseñan nada, es decir, cuando éstas no son más apropiadas que otras para expresar un pensamiento, cuando éstas no tienen ningún vínculo necesario con él, entonces la inteligencia o la memoria no alcanzan a retenerlas, o las retiene
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En la epopeya hay que mostrar, hasta en los rasgos del personaje, el destino que le aguarda, como se prevé el sacrificio hasta en el arreglo de las flores que servirán de corona a las víctimas.
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En moral, para alcanzar el centro hay que aspirar al hecho. En literatura, por el contrario, para alcanzar fácilmente el hecho sólo se debe aspirar al centro: cualquier esfuerzo en la subida gasta las fuerzas.
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Hay pensamientos que no necesitan cuerpo, forma, espejo, expresión, etcétera. Para mostrarlos o para que se escuchen, basta con nombrarlos vagamente o con susurrarlos. Desde la primera palabra los escuchamos, los vemos.
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Contraemos malos hábitos tanto para el estilo como para la escritura. Un espíritu demasiado tenso, un dedo demasiado contraído, perjudican la facilidad, la gracia, la belleza.
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¡Afortunados, en literatura, los que vienen después de los peores! ¡Desafortunados los que vienen después de los excelentes! En la vida y en el mundo ocurre todo lo contrario.
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Incluso para el éxito momentáneo no basta con que una obra sea escrita con los atractivos propios del tema: tiene también que ser escrita con los atractivos propios del lector.
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Las cosas literarias pertenecen al mundo intelectual; hablar de éstas con pasión va en contra de la conveniencia, de las proporciones, de la buena disposición y de la sensatez.
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Lo que acarrea todos los males a nuestra literatura se halla en que nuestros sabios tienen poco ingenio y nuestros hombres de ingenio no son sabios.
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Entre el espíritu y el alma está la imaginación, que participa del uno y de la otra. Entre el espíritu y la imaginación está el juicio, está el gusto.
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Cuando comprendemos otras lenguas nada nos es más agradable que leer las traducciones. Estas alivian y ejercitan al mismo tiempo, ya que podemos comparar.
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Los libros, los pensamientos y el estilo moderado causan al espíritu el mismo buen efecto que un rostro tranquilo causa a nuestros ojos y a nuestros humores.
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Sin las alusiones a la Biblia, ya no habría en los buenos libros escritos en nuestra lengua nada de ingenuo, de familiar, de popular.
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La elocuencia de corto alcance es naturalmente la del pueblo y la de los niños, y admite expresiones ricas, más ricas incluso que la otra.
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Hay que tratar a las lenguas como a los campos; para volverlas fecundas, cuando ya no son nuevas, hay que removerlas desde lo más profundo.
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Burdos intelectos, provistos de órganos robustos, han entrado de golpe en la literatura, ¡Y son ellos los que pesan las flores!
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Ni tan justo ni tan apretado, tanto en nuestras obras como en nuestras costumbres.
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Algunas palabras dignas de memoria pueden bastar para ilustrar una gran sensibilidad.