La pasión por la música es en sí misma una confesión. Sabemos más de un desconocido que la tiene que de alguien insensible a ella que frecuentamos a diario.
Frases célebres de Emil Cioran. [Página 6]
Emil Mihai Cioran fue un escritor y filósofo de origen rumano, considerado el último gran exponente del pesimismo occidental.
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Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos.
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Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar.
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En algunos, todo, absolutamente todo, tiene que ver con la fisiología: su cuerpo es su pensamiento, su pensamiento es su cuerpo.
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Regla de oro: dejar una imagen incompleta de sí mismo.
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Mientras más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones.
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El futuro sólo se vuelve temible en cuanto uno no está seguro de poder matarse en el momento deseado.
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Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme en su turno a mí, Qué cómodo se encuentra uno entre asesinos.
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¿Qué sería de nuestras tragedias si un insecto nos presentara las suyas?
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Mi facultad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me impide seguirlo.
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Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino.
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La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto.
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Sin Dios todo es nada, y Dios no es más que la nada suprema.
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Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo. Para nosotros que sí, es meramente una ilusión.
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Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y, no obstante, apenas me descuido me comporta como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo.
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Algunos tienen desgracias; otros, obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?
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Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otros hacen. Desgraciadamente, no tenemos el mismo sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos.
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Fuera de la música, todo, incluso la soledad y el éxtasis, es mentira. Ella es justamente ambos, pero mejorados.
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No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo.
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Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.