Me dan una pena tremenda las mujeres que tienen un solo marido, porque sólo tendrán un recuerdo.
Frases célebres de Ray Loriga. [Página 4]
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Las horas de niño son eternas. Las horas de hombre, en cambio, caen del cielo como la lluvia y no hay nada que pueda uno hacer para detenerlas. Las horas de viejo son aún más rápidas, te atraviesan a la velocidad de la luz. Se va un día en un pestañeo.
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A la luz de la gloria todos los vicios son pequeños y, en cambio, a la sombra de la derrota las más corrientes debilidades se vuelven fallas imperdonables.
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Cada vez que alguien abandona un vicio el demonio gana un alma.
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El ruido es la consecuencia directa del esfuerzo de la gente por luchar contra la naturaleza de las cosas.
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La impertinencia no está del todo mal vista en según qué fiestas y es, en cualquier caso, un pecado perdonable. Seguramente porque la impertinencia, como el ping pong, es una actividad insignificante que jamás ha matado a nadie.
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La lealtad es un regalo envenenado que jamás he pedido y jamás he prometido devolver.
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La teoría del caos se desmoronaba ante la perfecta maquinaria de fatalidades que regía su vida, nada es casual”, se decía. Por más que agite el puzzle, todas las piezas vuelven a encajar con demoledora exactitud en el mapa de mi fracaso.
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Lo que solemos elevar a la categoría de meditaciones no es más que el ruido de un motor encendido. Saúl había aprendido con el tiempo a no sublimar la torpe mecánica de su nada ilustre cabeza y, al contrario que muchos de nosotros, despreciaba sus propios
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Los criados sólo respetan al amo. El temor una vez más marca la medida exacta del respeto. Muéstrales una simpatía excesiva, y enterrarán tus huesos en el patio. Mantén el cuchillo de la cortesía bien afilado y se doblarán como bisagras.
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Los muertos no debería escribir cartas, sobre todo teniendo en cuenta que no hay manera humana de responderlas.
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No hay obligación más inquebrantable que la de un hombre para con su martini.
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No se juzga a un hombre por sus actos, sino por su condición.
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Se perdonan los sombreros más extravagantes en las mujeres bellas, y en las feas resulta inaceptable un solo paso más allá de las más aburrida discreción.
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Se pierde la fe, pero nunca el peso de la culpa.
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Una negación necesita de un muro, una afirmación apenas precisa un momento de debilidad.
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Vivir es suficiente, había sido su lema en los días apresurados de su juventud, pero ahora, de pronto, por culpa de la edad, que otra cosa podría ser, sentía a menudo la necesidad de poner su pasado en orden.
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¿Acaso no debe uno llevar hasta el final las riendas de su propia existencia?
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No hay que pegar fuerte, sino donde más duele.
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En algunas películas se muere la gente y en otras no. A mí me gustan las que tiene muertos y gente odiándose a conciencia los unos a los otros.