A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia.
Bajo el imperio de un interés amoroso, desaparece todo peligro y hasta el ser más pusilánime encuentra valor.
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Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro una anticipación de la resurrección.
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De vez en cuando se aprende algo, pero se olvida el día entero.
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El buen Dios, previendo en su sabiduría que su pueblo elegido sería disperso por el mundo entero, dio a todos sus miembros un olor especial que les permitiese reconocerse y encontrarse en todas partes: es el faetus judaicus.